¡No me lo puedo creer!
Ha sido tan escalofriante, terrorífico, tan... tan.. ¡Emocionante! Aún siento mi cuerpo vibrar por culpa de la adrenalina. El robot me llevó hasta la sala del pantano (es decir, el de la piscina gigante). T ya estaba ahí, sentada en su sillón y con una sonrisa en la cara. Con un gesto me invitó a que me desvistiera y me metiera en el agua, como si aquello sólo fuera un entrenamiento de natación más.
Pero estaba muy equivocada.
Cuando no llevaba ni 5 minutos en el agua, algo empezó a moverse detrás mío. Intrigada, intenté averiguar qué era sin detenerme. ¡Y menos mal que no lo hice! Un grupo de pirañas famélicas iban pisandome los talones. Un grito de terror se escapó de mi garganta. Por dios, estaba a punto de ser deborada. Creo que nunca he nadado tan rápido como en ese momento.
Desde la orilla, T iba siguiéndonos el paso sentada en su sillón, que se movía a igual velocidad. Tras dejarme unos minutos a mi aire para ver cómo reaccionaba ante tal acción, empezó a darme instrucciones sobre qué hacer para escapar de los bichos. Me gritaba que recordase el funcionamiento de aquel estanque. En un primer momento no entendí que decía, hasta que caí en la cuenta: aquél era un estanque climatizado con aguas cálidas, pero había una zona, bastante pequeña, en la que una corriente de agua helada lo cruzaba de lado a lado.
Sin pensarlo ni un momento empecé a nadar hacia allí y vi, con un gran alivio, como aquellos peces se daban media vuelta. A medio camino un robot les lanzó carne cruda y pude ver cómo saltaban y se peleaban por aquél trozo de carne que perfectamente podría haber sido mi abdomen.
Y después, otro entrenamiento más. Esta vez contra un grupo de jabalíes. Como no tenía armas tuve que ingeniármelas para subir a un árbol. Escogí a propósito uno lleno de grandes frutos, que empecé a lanzar con fuerza a los animales. Por supuesto, unas simples frutas no iban a ocasionarles ningún mal. Pero a pesar de que su motivo de perseguirme no era un hambre atroz, sino un enfado provocado por los robots, el hecho de que los alimentase les calmó y optaron por irse.
Así, de peligro en peligro, he ido pasando la tarde. Ha sido muy emocionante, la verdad. Nunca, al menos no desde que tengo memoria, me había sentido tan bien, tan.... Viva.
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